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El teletrabajo en tiempos del coronavirus: 6 consejos (y una coda)

Al final no me quedará otra. Y en contra de lo advertido en un anterior blogpost - Ventajas del teletrabajo - me he animado a escribir unos consejos sobre el teletrabajo.

Como comentaba en aquel blogpost, llevo más de tres años teletrabajando para el programa de facturación de Debitoor. Por lo que, digamos, en esto ya soy un veterano de lo que significa que tu casa y tu trabajo sean como aquellas ofertas de supermercado: un dos por uno.

6 consejos para teletrabajar en tiempos del coronavirus

Saber teletrabajar y no caer en la desesperación

El teletrabajo puede ser psicológicamente devastador. Pasas el día entero delante de una pantalla; puede que no hables con nadie en todo el día; al acabar la jornada es más difícil desconectar, por aquello de que tu casa es tu oficina (y a veces viceversa, lo que siempre es mala señal).

¿Cómo he sobrevido más de tres años así? Pues bien, a continuación van unos consejos. Lamentablemente, hay uno de ellos que ahora mismo en España, debido al estado de alarma, no es posible, a saber: salir a pasear, hacerle una visita al bar de la esquina o salir de vez en cuando de casa por cualquier excusa (ahora es cuando más de uno se arrepiente de no haberse comprado un perro).

1) Fija un horario y cúmplelo

El teletrabajo supone disciplina. Y aquí, deliberadamente, no hablo de autodisciplina, porque eso no creo que exista.

Para que la disciplina funcione, uno debe hacer como Ulises con las sirenas: atarse al mástil de proa para no sucumbir a sus cantos.

Pues eso: átate al mástil de proa para no ceder a la tentación. Porque frente a la tentación todos somos Oscar Wilde, cuando decía aquello de que la única manera de librarse de la tentación era cediendo ante ella.

Así que empieza por lo esencial: fíjate un horario y cúmplelo cada día, sin excepción.

Y en esto sé inflexible contigo mismo. Nada de "bueno, como hoy voy a... o tengo que... empezaré más tarde o acabaré antes, ya veré". No, ya veré, no: sigue siempre el mismo horario. De lunes a viernes.

2) Si te distraes, no pasa nada: cumple igualmente tu horario

Las distracciones son frecuentes. Y más en el hogar, cuando uno tiene de todo para distraerse. Que si la tele, que si la play, que si esto, que si lo otro... ¡hasta el mismo ordenador con el que trabajas puede ser una distracción!

Digamos que tienes el enemigo en casa. Peor: está delante de tus ojos, acechándote, llamándote.

Pues bien, si te distraes, sea el tiempo que sea, no pasa nada: tú cumple de todas formas con tu horario regular, aunque te hayas pasado la mitad del tiempo haciendo lo que no debías.

Puede que a tu jefe - si tienes jefe - no le guste leer esto. Pero mira, que tu jefe lo entienda (por si lo está leyendo): nada más autodestructivo que alargar la jornada laboral.

Sé que en España somos campeones en hacer que la jornada laboral en la oficina dure 24 horas. Pero ahora ya no estás en la oficina. Estás en casa. Y como hagas lo mismo que hacías en la oficina (quedarte hasta las tantas), es probable que tu próxima oficina no sea tu casa, sino un sanatorio.

3) Las horas son más provechosas y más fácil de desaprovecharlas

Suena raro, cierto. Pero por decirlo con aquel famoso soneto de Lope: "quien lo probó, lo sabe".

Piensa en lo siguiente que vas a descubrir teletrabajando: vas a sacar más provecho de las horas.

Así es: no tienes las distracciones típicas de la oficina. Es más: ¡tú tampoco vas a poder distraer a nadie! Por lo que la hora te va a rendir más si sabes disciplinarte (horario fijo) y te perdonas las indisciplinas (la distracciones) siguiendo tu horario con fidelidad.

Que las horas son más fácil de desaprovechar no hace falta decirlo: seguramente es lo primero que has descubierto. Verás cuando descubras lo provechosas que pueden ser.

4) Programa las pausas

Las pausas. Ya lo habrás oído. Ahora empezarás a descubrir su efecto balsámico. Pero tenemos un problema: no puedes salir de casa a darte un paseo, que era lo que yo acostumbraba a hacer regularmente antes de declararse el estado de alarma.

Pero puedes hacer las pausas en casa. Si tienes balcón o terraza, mejor. Si no, haz de la escasez virtud: paséate por el pasillo, distráete un rato mirando por la ventana, habla con el vecino (desde la ventana), llama a un amigo o a tus padres. En definitiva, haz una pausa y mejor si son varias.

Eso sí: no hagas pausas sin control. Y con esto no quiero decir sin límite de tiempo. Sino más bien a deshora: márcate los momentos de pausa.

Hoy hasta el más rústico de nosotros tiene un smartphone con el que programar alarmas o avisos. Empieza a programar ahora tus pausas. No es broma, no exagero: funciona, especialmente en aquellos que tienden a aferrarse a la silla hasta cuando afuera amenaza una pandemia.

Ahora bien, permítete también alguna indisciplina, sé flexible, pero mejor a modo de excepción: si te ves en un momento en que vas a reventar si no haces ahora mismo una pausa, haz la pausa antes de reventar. O haz la pausa y luego revienta. Pero haz la pausa.

5) Las comidas, a su hora

Al igual que en la oficina vas a comer a una hora determinada, vas a hacer la pausa del café a una hora determinada... ¿por qué no hacer lo mismo en tu casa, cuando teletrabajas?

Ya que tu casa es ahora tu oficina sé consecuente en lo más importante: las pausas de la comida.

No te digo que debas ponerle un candado a la nevera y que este solo se pueda abrir a determinadas horas. Te digo que fijes las horas de comer.

Si eres de los míos, que necesita comer cada dos o tres horas porque si no desfalleces, come cada dos o tres horas. Pero cada dos o tres horas, no cada dos o tres minutos.

Si no eres de los míos, te admiro.

6) El pijama y la ducha

Tendría que haber empezado por aquí. Pero quizá porque es algo que ya he interiorizado desde hace tres años y que doy por supuesto, mira, se me había pasado y acabo de caer en la cuenta al ver a un vecino paseándose en pijama por el balcón.

Pues eso: sigue los rituales de higiene y vestimenta de cada mañana antes de ir a la oficina. La ducha de todas las mañanas, el desayuno, vestirse, etc., antes de ponerte a trabajar. Que tengas la sensación de que vas a salir al trabajo, aunque ahora lo tengas en la otra esquina... de la casa.

Ahora bien, no hace falta seguir esto al extremo: personalmente no soy partidario de ponerme zapatos y camisa (menos aun traje y corbata) para trabajar en casa. Vístete con comodidad, porque de eso se trata. Pero quítate el pijama, lo primero.

Y la ducha, lo segundo.

Coda final: mantén el espíritu de equipo

Lo señalaba en aquel blogpost sobre las ventajas del teletrabajo. Y te lo recuerdo ahora: mantén la comunicación con el resto de tu equipo, evita a toda costa el aislamiento.

En esto algunos países nos llevan la delantera, como Dinamarca, país de origen de Debitoor, donde he aprendido la importancia de trabajar el espíritu de equipo.

Así que: escribíos, celebrad videoconferencias, llamaos... aunque no sea imprescindible, aunque el tema se pueda resolver de otra manera más rápida con un email. Siempre y cuando te sea posible, claro, que uno también tiene que trabajar.

Con el tiempo, teletrabajar puede minar la cohesión de un equipo (y no sólo la mente de cada uno de sus miembros). Si todos estáis ahora en esta situación, sed conscientes de ello. Buscad la forma de mantener el equipo unido en la distancia (hoy la tecnología ofrece herramientas hasta cansarse). Es posible. Y, sobre todo: necesario.